Campo de Trabajo 2026, 15 días que dejaron huella
Tras 15 días de convivencia, compromiso y servicio, el pasado 18 de julio llegó a su fin nuestro Campo de Trabajo en Valencia.
Llegamos al colegio Escuelas Pías Malvarrosa con colchones, maletas y muchas incertidumbres sobre lo que nos esperaba durante esos días. Sin embargo, hoy podemos decir que nos vamos con mucho más de lo que trajimos. Nos llevamos sonrisas, recuerdos imborrables, aprendizajes, abrazos y amistades que, en tan solo dos semanas, se han convertido en una pequeña familia.
Al llegar, muchos pensábamos en el servicio que íbamos a realizar o en cómo nos iría esta experiencia. Pero, poco a poco, todo cambió. Pasamos de pensar en el «yo» al «tú». Descubrimos que la verdadera riqueza estaba en entregarnos a los demás, en poner a los niños en el centro, en dejarnos sorprender por cada sonrisa, cada abrazo y cada momento compartido con ellos. Lo que vivimos fue muy diferente a lo que imaginábamos; fue, sin duda, mucho más grande.
También pensábamos que la convivencia necesitaría tiempo para construirse, pero una vez más la realidad nos sorprendió. Desde la primera noche desaparecieron las diferencias entre quienes veníamos de Albacete, Madrid, Monforte, México, Gandia, Vitoria y Valencia. Dejamos de ser personas de distintos lugares para convertirnos en una comunidad unida por un mismo propósito. Sin apenas darnos cuenta, empezamos a construir un hogar donde cada uno tenía un lugar, donde el servicio, la escucha y el cuidado mutuo se hicieron parte de nuestro día a día.
Los primeros días fueron intensos. Antes de comenzar de lleno en los proyectos, vivimos un tiempo de preparación y formación que nos permitió crecer tanto a nivel personal como grupal. Aprendimos herramientas para la gestión de las emociones, la resolución de conflictos y el trabajo en equipo, descubriendo que servir también implica aprender a conocerse a uno mismo y a cuidar de los demás.
Todo este camino estuvo acompañado por la figura de “San José de Calasanz”, que nos guiaba cada mañana y cada noche a través de la oración. Comenzar el día poniéndonos en sus manos y terminarlo con un momento de silencio, reflexión y encuentro con Dios se convirtió en uno de los espacios más esperados. Después de unas mañanas intensas y llenas de emociones, esa pausa nos ayudaba a agradecer lo vivido, encontrar calma y recargar fuerzas para el día siguiente.
Cada tarde también teníamos un momento de reflexión en grupo. Escucharnos unos a otros nos permitió descubrir cómo había vivido cada persona su jornada en los diferentes proyectos; Llum, Amaltea y Saó. Comprender realidades distintas y aprender de las experiencias de los demás. Fue en esos espacios donde entendimos que cada pequeño gesto de servicio tenía un gran impacto y donde muchos sentimos nacer el deseo de seguir formando parte del voluntariado una vez finalizado el campo.
Los fines de semana, aunque los proyectos hacían una pausa, el campo seguía vivo. Fueron días para conocernos mejor, compartir tiempo juntos, fortalecer el trabajo en equipo, disfrutar, reír y vivir las tareas cotidianas como en cualquier hogar. Limpiar, recoger, organizar todo o simplemente sentarnos a conversar fueron momentos sencillos que, sin darnos cuenta, reforzaron los lazos que habíamos creado.
Hoy nos marchamos con la certeza de que este campo de trabajo no solo ha transformado la vida de los niños y niñas con quienes hemos compartido estos quince días, sino también la nuestra. Nos llevamos nuevas amistades, recuerdos que permanecerán para siempre y herramientas que nos acompañarán en nuestro camino. Sobre todo, nos vamos con una mirada diferente, con el corazón lleno y con el compromiso de que todo lo vivido no se quede en estos quince días, sino que siga dando fruto allí donde estemos.
Porque hay experiencias que terminan al hacer las maletas. Y otras, como esta, que empiezan realmente cuando cada uno vuelve a casa.























