Porque solo quien suelta amarras de seguridad personal y se une a otros aventureros puede encontrar el sentido de la vida, la felicidad y una existencia que hace también vivir plenamente a otros.
Entonces podemos descubrir que
“Quien no se lanza mar adentro nada sabe del azul profundo del agua,
ni del hervor de las aguas que bullen.
Nada sabe de las noches tranquilas,
cuando el navío avanza dejando una estela de silencio.
Nada sabe de la alegría de quedarse sin amarras,
apoyado sólo en Dios, más seguro que el mismo océano.
Desventurado aquel que se queda en la orilla y pone toda su esperanza en tierra firme,
la de los hombres razonables, calculadores, seguros de sí mismos,
que imaginan ser ricos y están desnudos, que creen construir para siempre,
y sólo amontonan ruinas que siempre les traicionan”.